Se tiene la creencia de que antes de partir -al viaje sin retorno- las personas recogen sus pasos, es decir, regresan a los sitios en los que vivieron o que visitaron durante las distintas etapas de su existencia.
Personalmente, creo conveniente que: antes de partir debemos recoger nuestros pasos y nuestras ofensas.
Recoger nuestros pasos, en mi opinión implicaría, corregir nuestros desvíos, corregir el rumbo de las rutas escogidas equivocadamente; y en cuanto a las ofensas que hemos causado a los demás, consciente o incoscientemente, es necesario ubicar nuestro espíritu sobre aguas tranquilas.
Cuántas veces hemos escuchado, o cuántas veces hemos expresado: "¿por qué no me disculpé? ¿por qué no le demostré mi amor? ahora es demasiado tarde."
Sí, tarde para él, élla, o éllos, y tarde para mí o para tí. Dejamos pasar el tiempo o la oportunidad irremediablemente.
Nuestros sentimientos y nuestras pasiones nos dominan, y nosotros no hacemos nada para remediarlo. La carne es flaca, defecto humano al que le achacamos nuestra pobreza espiritual, nuestra falta de valores morales. En virtud de tal carencia, guardamos rencor eternamente a las personas que, según nosotros, nos fallaron, sin tomar en cuenta las veces y la frecuencia con que nosotros hemos traicionado a los demás.
El rencor, como muchos otros sentimientos que nos embargan, es un veneno corrosivo que nos impide vivir con tranquilidad, que nos impide disfrutar el sol o el vuelo de una mariposa. Nos impide disfrutar las cosas hermosas y sencillas con las que el Señor enriquece nuestras vidas.
Si reflexionamos bien, la vida no es más que una etapa de transición a otra de mayor importancia, no es más que la etapa en la que debemos, ritualmente, realizar las abluciones correspondientes para llegar limpios a Su vera.
Aceptar a los demás tal como son, es importante como aceptarnos a nosotros mismos, con nuestro defectos, con nuestras carencias, al igual que la vida tal como se nos presenta, razones todas para dejar atrás nuestros rencores y amarguras, para perdonar y ser perdonados.
Recoger nuestros pasos... recoger nuestras ofensas... acciones escenciales como pagar nuestras deudas; ¡qué descanso, qué tranquilidad! y ahora sí, ya podremos, primero disfrutar las flores, la lluvia y las piedras del camino, después partir... más no morir, pues esta etapa debe ser tan hermosa como todas las que El Creador nos ha deparado. La vida eterna, sólo por creer en Él.
Es verdaderamente triste que se requiera un jalón de orejas para rectificar, o estar a punto de pisar la línea final para ponernos a pensar en la necesidad de una purificación. Por convicción y no por obligación debíamos vivir, desde pequeños, de acuerdo con preceptos y con valores; no habría disputas ni guerras, ni muertes inútiles y anticipadas, ya que todos tenemos derecho a la vida, todos tenemos derecho a sentarnos a la mesa, todos tenemos derecho a disfrutar de sus manjares, con dinero o sin dinero, con educación o sin educación, blancos o no blancos...
Salir a la calle con nuestras deudas o a cuestas nos agobia, nos obliga a andar lento, pesado, difícil. Enderecemos nuestra cerviz y enseñemos a los pequeños a vivir despojados de toda mezquindad y miseria. Permitamos que ellos puedan reír con libertad, sin temores, sin autorreproches, para que ellos no tengan nunca que decir a los demás: "Si me conociste, perdóname por lo que te hice, si no, por lo que pude haberte hecho".
8 de octubre de 1998
Jorge E. Betanzos Tejeda
